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Cuando la etiqueta ‘indietronica’
comenzó a perder buena parte de sus implicaciones de novedad,
riesgo y, sobre todo, independencia, esa independencia total de
la que el artista podía beneficiarse gracias al medio
electrónico –con lo que pasó a ser tan sólo, y salvando contadas
excepciones, una fórmula aburguesada para fabricar pop sensible
pero sin alma con el ordenador como medio y excusa
prescindible–, se abrió un pequeño abanico de posibilidades
mucho más humildes y a la larga creativas –o semilla de futura
creatividad– que las que originalmente había dado el fenómeno.
Por indietronica, en sus inicios, se entendía la ola de ex-indies
que, aburridos de la instrumentación habitual del pop, se
lanzaban de cabeza a los bedroom studios para seguir haciendo lo
mismo pero con diferente fachada: aire fresco. Sin embargo,
cuando la indietronica devino en fórmula ajada, el espíritu del
hazlo-tú-solo (que no hazlo-tú-mismo) se transmigró a una
generación paralela de artistas que no sólamente provenía del
pop, sino del folk, la IDM o el hip hop (y casi nunca de la
música de baile), el grueso del tejido de estilos relevantes en
el ecosistema musical de este comienzo de siglo.
Todo este párrafo anterior se podría quedar en simple palabrería
teórica, en hojarasca especulativa, si no existieran artistas
como Strand. Por suerte, Miguel Gil Tertre responde a un modelo
de productor que trasciende la simple asociación de la
indietronica –etiqueta a la que tuvo que verse asociado, quizá
de manera inapropiado, cuando su disco de debut bajo el proyecto
Polaroïde – Strand apareció publicado en el sello Foehn– para
hacer que las ansias catalogadoras del mundo exterior fracasen
frente a su variedad de posibilidades, que tanto pueden ser el
hip hop atiborrado de glitches en su colaboración con el DJ y
scratcher Tres, el híbrido folk-electrónica de sus intermitentes
incursiones en el catálogo del sello berlinés City Centre
Offices –de momento, “Viet Ep”– o en su propia casa, Toi Thich
Nhac. En ninguno de los casos rehúye la melodía y la posibilidad
de elaborar una canción que pueda entrar por el orificio
auricular con suavidad, pero si algo tiene en común toda su
obra, desde los días del colectivo Domestica hasta hoy, es lo
‘trónico’ más que lo pop, el barniz digital como columnata que
sustenta un discurso que aspira a elevarse o extenderse hacia
cualquier parte.
“Aldjaber” es la continuación natural de “Paz” (Foehn, 2003), un
disco de electrónica de dormitorio en el que se percibe un
minucioso trabajo de horas para pulir con esmero hasta el último
click y hacer que incluso la rica instrumentación acústica –de
las guitarras de “Christanoï” a las cuerdas con las que concluye
“Still running”– tengan textura de ordenador dulce, de music box
postmoderno. Los muchos Strand que hasta ahora han sido se
reúnen en “Aldjaber” para transmitir una sensación incompleta
pero gratificante, porque sobre todo habla más del futuro que
del presente: éste es el único disco que podía haber hecho
Miguel Gil en 2006, porque es el disco que reúne todas sus
inquietudes y posturas ante la vida, desde la politizada (“36
inmigrantes”) a la hastiada del entorno (“Echar de menos Madrid
es fácil, basta con marcharse”), pasando por todas sus
preocupaciones musicales y su infatigable obsesión por
conseguir, y lograr, que la voz de Paloma suene tan triste como
esperanzadora. Pero también avanza un nivel de perfeccionamiento
técnico –el mastering de Twerk ayuda, por supuesto, pero que
conste que sólo se puede mejorar lo que previamente ya es bueno–
y de hibridación de la base electrónica con el post-rock, el
folk y el ambient neo-clasicista al que se ha llegado –se nota–
con tesón e inspiración y aprendiendo lecciones por el camino
para poder superarse más adelante, incluso ahora mismo, en un
work in progress al que cabe desearle muchos años de camino en
línea recta hacia delante. “Aldjaber” no es inspirador y
gratificante sólo por lo que es, sino, sobre todo, por lo
saludable y garrida que será su descendencia.
Javier
Blánquez
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