DISCO / NOTA DE PRENSA ALDJABER / BIO

 

Javier Blánquez
Autor del libro “Loops, una historia de la música electrónica
y colaborador de El Mundo, Rockdelux, Go Mag y Voice

Cuando la etiqueta ‘indietronica’ comenzó a perder buena parte de sus implicaciones de novedad, riesgo y, sobre todo, independencia, esa independencia total de la que el artista podía beneficiarse gracias al medio electrónico –con lo que pasó a ser tan sólo, y salvando contadas excepciones, una fórmula aburguesada para fabricar pop sensible pero sin alma con el ordenador como medio y excusa prescindible–, se abrió un pequeño abanico de posibilidades mucho más humildes y a la larga creativas –o semilla de futura creatividad– que las que originalmente había dado el fenómeno. Por indietronica, en sus inicios, se entendía la ola de ex-indies que, aburridos de la instrumentación habitual del pop, se lanzaban de cabeza a los bedroom studios para seguir haciendo lo mismo pero con diferente fachada: aire fresco. Sin embargo, cuando la indietronica devino en fórmula ajada, el espíritu del hazlo-tú-solo (que no hazlo-tú-mismo) se transmigró a una generación paralela de artistas que no sólamente provenía del pop, sino del folk, la IDM o el hip hop (y casi nunca de la música de baile), el grueso del tejido de estilos relevantes en el ecosistema musical de este comienzo de siglo.

Todo este párrafo anterior se podría quedar en simple palabrería teórica, en hojarasca especulativa, si no existieran artistas como Strand. Por suerte, Miguel Gil Tertre responde a un modelo de productor que trasciende la simple asociación de la indietronica –etiqueta a la que tuvo que verse asociado, quizá de manera inapropiado, cuando su disco de debut bajo el proyecto Polaroïde – Strand apareció publicado en el sello Foehn– para hacer que las ansias catalogadoras del mundo exterior fracasen frente a su variedad de posibilidades, que tanto pueden ser el hip hop atiborrado de glitches en su colaboración con el DJ y scratcher Tres, el híbrido folk-electrónica de sus intermitentes incursiones en el catálogo del sello berlinés City Centre Offices –de momento, “Viet Ep”– o en su propia casa, Toi Thich Nhac. En ninguno de los casos rehúye la melodía y la posibilidad de elaborar una canción que pueda entrar por el orificio auricular con suavidad, pero si algo tiene en común toda su obra, desde los días del colectivo Domestica hasta hoy, es lo ‘trónico’ más que lo pop, el barniz digital como columnata que sustenta un discurso que aspira a elevarse o extenderse hacia cualquier parte.

“Aldjaber” es la continuación natural de “Paz” (Foehn, 2003), un disco de electrónica de dormitorio en el que se percibe un minucioso trabajo de horas para pulir con esmero hasta el último click y hacer que incluso la rica instrumentación acústica –de las guitarras de “Christanoï” a las cuerdas con las que concluye “Still running”– tengan textura de ordenador dulce, de music box postmoderno. Los muchos Strand que hasta ahora han sido se reúnen en “Aldjaber” para transmitir una sensación incompleta pero gratificante, porque sobre todo habla más del futuro que del presente: éste es el único disco que podía haber hecho Miguel Gil en 2006, porque es el disco que reúne todas sus inquietudes y posturas ante la vida, desde la politizada (“36 inmigrantes”) a la hastiada del entorno (“Echar de menos Madrid es fácil, basta con marcharse”), pasando por todas sus preocupaciones musicales y su infatigable obsesión por conseguir, y lograr, que la voz de Paloma suene tan triste como esperanzadora. Pero también avanza un nivel de perfeccionamiento técnico –el mastering de Twerk ayuda, por supuesto, pero que conste que sólo se puede mejorar lo que previamente ya es bueno– y de hibridación de la base electrónica con el post-rock, el folk y el ambient neo-clasicista al que se ha llegado –se nota– con tesón e inspiración y aprendiendo lecciones por el camino para poder superarse más adelante, incluso ahora mismo, en un work in progress al que cabe desearle muchos años de camino en línea recta hacia delante. “Aldjaber” no es inspirador y gratificante sólo por lo que es, sino, sobre todo, por lo saludable y garrida que será su descendencia.

Javier Blánquez
 


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